La corteza que inunda nuestra piel,
Es la propia que nos protege,
La misma que interfiere en el eco de nuestra vida,
Esta costra que atañe toda esencia,
Quizá es la que muchos perdieron,
Arrancada como tripas de un cordero,
Que ya no digieren la hierba de ningún valle,
Esta es la naturaleza de una persona,
Despropiarse de algo tan efímero como su propia voluntad,
Es la cuestión la que me lleva por un andar de preguntas,
Un camino tan largo requiere demasiado por lo que exhalar,
Este debe ser un principio acerca de lo que aprendemos,
Por mucho que uno escuche no es un aprendizaje lívido,
Sencillo.
La vida prefiere palabras amables, responsables,
En la lentitud con la que se desarrolla mi prolongada
mortalidad,
Es más alentadora y más sufrible,
Por la respuesta ante mi cuerpo desenvuelto,
En un velatorio de perpetuos crímenes,
Los cuales mis ojos desvelan gran dolor.
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