A veces quiero entregarme a la bebida, sobre todo esos días en los que la vida se vuelve pesada y recurrente con todo aquello que pasa. Sé que al beber una buena botella de vino, mi mente cedería y esto daría fluidez a mis pensamiento, y así me mezclaría en el ambiente, desapareciendo, diluyéndome junto al dolor, junto a la vida, y crearía una felicidad parcial, tosca e irreal, pero felicidad al fin y al cabo.
Siempre existe alguna excusa para beber, para entregarse a esa compañía etílica que te hace estar mejor, que te da un "buen cuerpo", y cuando la efusividad te invade, y creces en un pico maníaco, parece todo tan excitante, mágico y a la vez inocente junto a lo práctico y por qué no, utópico.
Es mejor compartir estos momentos, así observas que no es tu causa la única, sino que hay más de una causa, la cual necesita un poco de esa magia burbujeante, y una vez todos borrachos, ves con otra óptica la vida, quizás a través de un vaso, una copa.
Leyendo un viejo comentario que dejaste una vez en mi blog llegué hasta acá a leerte y admitir que la idea de sucumbir ante la magia del alcohol es tan tentadora a veces, en esos momentos tan particulares donde cualquier otra escapatoria no es viable...
ResponderEliminar¡Un gusto leerte! ♥
Muchas gracias Sophie, es una tentación que como todas las tentaciones, se acaba cayendo y es así como se experimenta la felicidad más banal.
EliminarUn gusto volver a saber de ti, nos vemos por tu blog.