miércoles, 7 de mayo de 2014

Una mañana por el centro de mi ciudad.

Camino soñoliento por corrientes de gente que van en todas direcciones, a veces se me olvida donde quiero ir y me dejo arrastrar y durante los segundos me dejo llevar en el inquebrantable mundo de las posibilidades donde cada paso es una circunstancia, donde cada circunstancia es una decisión. En la irrealidad de la que provengo es profunda y a veces oscura porque el silencio la evade de toda cordura, la inquieta y la desarma con locura que da lucidez a mis ideas y tras unos instantes en los que mi cabeza accede y cede a la simple realidad camino más despierto que nunca, detallando lo que mis ojos vislumbran en la claridad luz del día así como una cara ensombrecida, triste pero con unos bonita mirada color esperanza entonces me dan ganas de parar el tiempo y extirpar todo es dolor, todas esas preocupaciones, como si fuere un cirujano que con un bisturí incidiera en su pecho y reanimará su corazón con palas de ánimos y de esta forma no hacerle despertar sino experimentar un vida libre de toda búsqueda, de todo engaños, pero tras una sosegada forma de ayudar me limito a sonreir y como si de un virus se tratase, le contagie un mueca ondulada que iba desde el cero de la gráfica de su boca hasta el 50 de una media sonrisa.

La verdad la inventaba según el rumbo, me columpiaba entre miradas y cuerpos veloces que se movían con estrés como si alguien les persiguiera, si, quizá sea eso, quizá sean los miedos los que les persiguen.

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