Enciende la mecha que hace explotar mi cohete y envolvámonos en alcohol, quemándonos, incendiando las calles, abrasando nuestros cuerpos, sudando felicidad y callándonos con caricias que con besos nunca nos dimos. Acelera el ritmo de tu paso porque el de mi corazón centellea chispas que el camino iluminan, dejando atrás la oscuridad, adentrándonos en discotecas y en la identificación con los demás encontramos el caos, el desorden de los cuerpos agitándose, creando un baile sin igual, una danza que se apodera de nuestras almas y nos vuelven esclavos del sonido, oprimiendo nuestra figura formando solo una, la intensidad nos consume y nos fugamos de la discoteca cegandonos en la noche y observándonos con miradas furtivas y con los labios cazábamos sueños que con artillería pesada arrastrábamos palabras que nos tocaban como dedos y la piel se nos erizaba y como si fuera droga, nos consumía, nos devoraba como si fuera veneno haciéndonos adictos al mordisco, haciéndonos adictos de la efímera verdad de una noche.
Nunca más la vi y olvidé el color con el que se quemaron las promesas, ese alcohol maldito, entorpeció mi sentido y así fue como la ilusión hizo furor en mi lógica y la pasión me conquisto y gobernado por la ambición, caí junto al recuerdo efímero con el morí envenenado.
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